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"Tomorrow is a mystery... Just have faith in it!"

domingo, 29 de mayo de 2011

Capítulo 9.

Tiempo atrás. Madrid, España.
La relación entre Emilio y Regina como profesor y alumna se deterioraba un poco. Él no la tomaba mucho en cuenta para participaciones o proyectos y ella también trataba de no prestar mucha atención a esos detalles. Lo que si no podían evitar es ese contacto visual, esas sonrisas que se dedicaban mientras el otro no estaba mirando. Había pasado casi 3 semanas desde aquel día en el que estuvieron a punto de besarse.
Emilio. “Espero estéis listos para el viaje de este fin de semana, no os olvidéis de llevar vuestras cámaras y algo de ropa, también refrigerios y sus reservaciones para las cabañas.”
Ese día se irían a visitar varios sitios. Recorrerían lugares y fotografiarían. Verían y aprenderían a distinguir tipos de iluminación, escenarios, etc.

En La Torre de la Vela y Alcazaba Alhambra, Almería.
Era media tarde.
Un intenso color rojo en el cielo anunciaba la inminente puesta de sol. Éste es uno de los momentos que más esperaba la gente pues la vista era única y el ambiente era mágico.
Emilio se acercó a Regina. Ella lo sintió. Estaban solos. Los demás del grupo se encontraban en diversos puntos para poder fotografiar.

Regina. “Es hermoso todo esto…”
Emilio. “Sí, lo es. Hay diversas leyendas en torno a este lugar. Cuando era pequeño era uno de mis lugares favoritos. Venía con mi padre y me contaba historias, unas siguen claras en mi mente, otras se han desvanecido un poco en los recuerdos… ¿Me permites ese libro de turismo?”-señaló el libro que Regina sostenía.
Regina lo veía mientras hablaba. Su corazón latía fuertemente cada vez que lo tenía cerca de ella, cada vez que su mirada y la de él se encontraban. Regina le dio el libro de guía de turismo en el que había apartados de leyendas e historia del lugar.
Regina. “Sí, claro.”-se lo dio.

Emilio buscó la página indicada en el índice. Comenzó a leer.

Emilio. “Se dice que existió un rey moro de Granada que  tuvo un solo hijo al que puso por nombre Ahmed. Con el tiempo, los cortesanos le añadieron el sobrenombre de al Kamel, que quiere decir “el Perfecto”  y es que, desde niño, el príncipe mostró una inteligencia notable. Los astrólogos confirmaron esta impresión, vaticinando que, en efecto, sería un hombre perfecto y un soberano próspero. Sólo vería enturbiado su futuro por los grandes peligros del amor, a los que se sometería y por los que no dudaría en poner en peligro su vida. Si se le pudiera poner a salvo de este sentimiento, su existencia sería de una felicidad ininterrumpida. El rey decidió hacer caso a los consejos astrológicos y mandó levantar un hermoso palacio en la cumbre de una colina, cerca de la Alhambra, donde recluyó a Ahmed, lejos de cualquier mujer y al cuidado de un sabio filósofo, Eben Bonabben, con la orden expresa de que, bajo ningún concepto, se le hablase al príncipe del amor. El sabio filósofo dijo que así lo haría y el príncipe se crió bajo su atenta mirada, rodeado de jardines y de cuantos lujos pudiese desear. A su servicio sólo había hombres, todos mudos, con el fin de que nada pudieran contarle del sentimiento amoroso.” –se aclaró la garganta.

Emilio veía hacia el horizonte como caía el sol. Regina lo miraba a él.
Regina. “Siga, siga. ¿Qué pasa después?”
Él sonrió. Continuó leyendo.

Emilio. “Eben Bonabben pronto notó que a Ahmed la filosofía no le interesaba en absoluto. Atendía a las clases lo mejor que podía, pero sus bostezos ponían bien de manifiesto que las duras disciplinas, filosóficas o algebraicas, no estaban entre sus prioridades. Su maestro le enseñó algo de música para que se entretuviera, y advirtió que, pese a sus desvelos, el príncipe se daba a vagar por los jardines con aire melancólico, tocando el laúd, acariciando las flores entre suspiros. Bien se dio cuenta el anciano que, sin saberlo, su pupilo se hallaba al borde de la ciencia prohibida. Pensando en qué podía ofrecerle al príncipe para despertar su interés, se acordó que, en Egipto, había aprendido el lenguaje de los pájaros. Se lo enseñó un rabino que, a su vez, lo había aprendido de Salomón al que se lo transmitió la reina de Saba. Ahmed se mostró encantado con poder conocer esta ciencia, pues así no estaría tan solo. Los jardines estaban poblados de aves con las que podría comunicarse. Su primer amigo fue un halcón, que vivía entre las grietas de las torres del Generalife. Con sus grandes ojos y su elegante prestancia, el ave y el príncipe conversaban sobre filosofía, astronomía o metafísica, con lo que Ahmed se aburría casi tanto como con Eben Bonabben. Después estableció contacto con un murciélago, que permanecía todo el día colgado de la bóveda, pero su carácter era depresivo y su comentarios tan sombríos que Ahmed renunció a su compañía. También una golondrina, coqueta y juguetona, se contó entre las amistades del príncipe. Al principio su charloteó divirtió al príncipe, pero sus temas eran superficiales, sin sustancia seria y pronto se cansó de hablar de nada. Ahmed volvió a sentirse solo en su palacio. Pero pasó el invierno y llegó la exultante primavera, la estación en la que las aves que emigran vuelven a sus lugares de anidamiento y establecen tiernos cortejos con los que serán sus compañeros y compañeras. Cantaban alegres hablándose de amor, ante la sorpresa del príncipe que se preguntaba qué sería eso del amor. Decidió consultar al halcón que parecía tan sabio, pero el ave le dijo que él nada sabía de ello, pues era un ave de presa, hecho para la caza y la lucha, en la que no cabía el absurdo sentimiento del amor. Preguntó a un búho, pero se dedicaba a la filosofía y lo consideraba un sentimiento inútil y peligroso. Harto de dudas, interrogó a Ebe Bonabben, recriminándole que entre las muchas materias que le había enseñado, no se encontraba ninguna que se llamase "amor". El filósofo comprendió que tanta soledad y tantos cuidados no habían servido de nada. El amor irrumpía en la vida de su alumno sin que se pudiera evitar.
Regina. “Y así es esto; inevitable, indescriptible… Perdón, puede continuar.”
Emilio. “Los aromas de la primavera, el melodioso canto de los pájaros... todo hablaba de amor, mientras el joven Ahmed se volvía cada vez más melancólico y ausente. Una mañana, mientras contemplaba los exuberantes jardines apoyado en una ventana, llegó a hasta él una paloma jadeante perseguida por un halcón. Penetró en la estancia y cayó rendida sobre el pavimento. El príncipe, compadecido, la cogió, y la arrimó a su pecho. Fue a por comida y le puso trigo y agua fresca para que se repusiera de la penosa aventura. Pero, ante su sorpresa, el ave no quiso ni comer ni beber. El príncipe le preguntó el porqué de su actitud. Estaba a salvo del halcón y, además, tenía todo cuanto podía desear. La paloma, entristecida, le comentó que le faltaba algo primordial, su compañero, al que tal vez no volviera a ver y al que tanto amaba. Y Ahmed le preguntó si sabía ella qué era eso del amor. Y la paloma se explayó. El amor era el tormento de uno, la felicidad de dos y la enemistad de tres. ¡Qué hermosa descripción! Es un encanto que une a dos seres, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se separan. Es el misterio y el principio de la vida, el sueño apasionado de la juventud y el sereno deleite de la madurez. Todos los seres vivos tienen a su compañero, desde el más humilde de los escarabajos hasta los seres superiores... todos buscan con quien compartir su vida y su esperanza, sus alegrías y tristezas... y le chocaba muchísimo que, el príncipe a su edad, no hubiese conocido a alguna damisela que encandilara su corazón.  Ahmed empezó a comprender. Soltó a la paloma para que se reuniese con su amado, pues bien entendía que el amor era el más fuerte de los deseos y él no tenía derecho a privar al ave, inocente y enamorada, de aquellos deleites que le había descrito. La amargura se apoderó de su corazón y el príncipe, furioso, le reprochó al sabio Bonabben que no le hubiera enseñado nada sobre el más noble de los sentimientos, sobre ese desvarío y deleite que es el amor. El filósofo comprendió que nada podía hacer. Entonces le habló de los pronósticos de su nacimiento, de cómo su padre le había querido ahorrar cualquier tipo de sufrimiento y, también, de cómo su vida estaba en sus manos, pues si trascendía a la corte que el amor había entrado en su vida, era más que probable que el rey le mandase ejecutar.  El príncipe escuchó con atención y prometió ser discreto, pues quería mucho a su maestro, no en vano, su vida había transcurrido junto a él. Pero sus buenos propósitos iban a verse turbados por la llegada de la paloma amiga que, en pago, a la libertad recuperada, traía buenas nuevas para Ahmed.  Llegó hasta la ventana de los aposentos del príncipe y le contó que venía de un lugar lejano, de una hermosa pradera, cerca de un castillo, donde se encontró a unas jóvenes que bailaban alegremente, coronadas con guirnaldas de flores, y que, de entre todas ellas, destacaba una por su belleza e inocencia. Al verla, la paloma estuvo segura que sería la compañera ideal para el príncipe y, con tal fin, venía a comunicárselo. No necesitó más la imaginación de Ahmed para inflamarse y sin pensárselo dos veces, escribió una carta, tan tierna como apasionada, a esa joven, hablándole de su triste esclavitud y de cuánto desearía salir a su encuentro para besarle los pies. La carta, perfumada con almizcle, iba dirigida "A la desconocida mujer del cautivo príncipe Ahmed", y fue confiada a la paloma para que la hiciera llegar a su destino. Día tras día, con la impaciencia lógica del enamorado, esperaba el regreso de la paloma con alguna noticia. Y cuando ya había perdido toda esperanza, un atardecer vio cómo llegaba su amiga. Desgraciadamente, el ave venía herida de muerte.
Regina. “Tuve el libro desde hace semanas y no había leído esto… ¿Continúa la historia?”
Emilio. “Sí, continúa. ¿Deseas que siga leyendo o ya te cansé?”-sonrió.
Regina. “Para nada, quiero seguir escuchando. Deseo saber el final.”


(Reproducir Signal Fire  http://youtu.be/PwyESYGFnJ8 y al terminar,
reproducir If There's a Rocket Tie Me To It  http://youtu.be/l96lw9udxvk )

Emilio. “Algún cazador desaprensivo la había atravesado con una flecha, con lo que la mensajera del amor, cayó muerta nada más penetrar a través de la ventana, cayendo a los pies de Ahmed. Abrumado por la pena, la recogió con ternura y entonces vio que, en torno a su cuello, llevaba un fino hilo de perlas del que pendía un pequeño retrato esmaltado. ¡Qué hermosa dama! ¡Qué hermosas facciones... qué mirada tan transparente y transparente! Pero, ¿quién era y dónde vivía... cómo poder encontrarla? La muerte de la paloma lo sumía todo en el misterio. Cuanto más miraba la imagen más y más se enamoraba y más se desesperaba al no saber nada concreto de la amada. Así que tomó la determinación heroica de huir de su encierro. No era fácil hacerlo pues, día y noche, el palacio estaba custodiado y si al final lo conseguía no sabía a dónde dirigirse. Entonces se acordó del búho amigo. Como ave nocturna sabría aconsejarle qué camino o vereda podría tomar en su huida y tal pudiera aconsejarle en otras materias de utilidad para sus fines. En un principio el búho no quiso saber nada del asunto, pero el príncipe supo halagarle ofreciéndole un puesto importante en la corte cuando fuese rey y el ave, a pesar de su austeridad y de dedicarse a la filosofía, se sintió tentado por la ambición. Tenía muchos amigos y parientes que residían en las más altas almenas de los castillos y palacios de toda España y tal vez pudieran ayudarles. En principio decidieron trasladarse a Sevilla, donde vivía un cuervo, compañero a su vez de un mago llegado de Egipto. Sabía que el mago había muerto, pero el cuervo seguía habitando en una torre del arruinado Alcázar, gabinete antaño del mago. Tomada la decisión, Ahmed se deslizó una noche, por medio de unas sábanas, desde su torre hasta el suelo, y en el mayor de los sigilos, emprendieron el viaje. Por fin, un día, al amanecer, entraron en la populosa ciudad, que era un hervidero de gentes. El búho se quedó en las afueras porque aquel tumulto le fatigaba en extremo y la luz del día dañaba a sus enormes ojos. El príncipe se encaminó hacia la torre y después de una penosa ascensión, llegó hasta el lugar donde se encontraba el cuervo que era ya viejísimo. Le expuso sus pretensiones y el ave serio, diciéndole que no era adivino y además, estaba destinado a anunciar muertes y desgracias, no a buscar amadas y a poner en contacto a los enamorados. Pero cuando el príncipe le habló de los vaticinios astrológicos de su nacimiento, el cuervo tomó interés en el asunto. Le recomendó que lo mejor que podía hacer, puesto que él no conocía a la princesa en cuestión, era dirigirse hacia Córdoba, pues tenía constancia que, bajo la palmera del gran Abderramán, que se alzaba en el patio de la hermosa mezquita, encontraría a un viajero que había recorrido las cortes de todo el mundo conocido y había sido el favorito de princesas y reinas. Posiblemente, él podría darle una información fidedigna. Agradecido, Ahmed se despidió del cuervo, y se encaminó hacia Córdoba, en compañía del búho fiel. Llegado a la ciudad, se dirigió al lugar que le indicó el cuervo y contempló cómo una multitud de personas estaban a los pies de la palmera señalada escuchando las palabras de alguien. Dio por sentado que era el viajero que buscaba y quedó atónito al ver que se trataba de un loro. Pronto le informaron de que este loro era descendiente del famoso loro de Persia, y que en las cortes extranjeras gozaba de gran predicamento. Sabía pensar, hablar y recitar hermosas poesías con las que encandilaba a las damas de la nobleza. Ahmed solicitó una entrevista privada con el loro. Cuando le expuso el motivo de su viaje y de su consulta, también el ave se echó a reír. Era un desengañado del amor, ¡había visto tantas cosas por esos mundos que le resultaba difícil creer en la pureza de este sentimiento! No obstante, examinó el retrato que le mostró el príncipe, anticipándole que conocía a infinidad de mujeres bonitas, tantas que no le era fácil distinguir un rostro de otro. Pero, sí, ¡la conocía! ¿Cómo olvidar a la princesa Aldegunda, la más hermosa y sencilla de las princesas cristianas? El príncipe, saltando de gozo, le preguntó dónde podía encontrarla. El asunto se presentaba muy complicado. Primero porque era hija de un rey cristiano y Ahmed era musulmán, y segundo, porque nadie podía verla. Por unos extraños vaticinios astrológicos, debía permanecer oculta a los ojos de los mortales hasta que cumpliese los diecisiete años. El loro había podido verla porque fue contratado para entretenerla en sus soledades y en verdad podía decir que se trataba de una mujer deliciosa. Parecía que el destino hubiera querido unir a dos seres cuyos condicionamientos vitales se debían al poder de la astrología y a unos vaticinios comunes. Después de prometerle al loro que si le ayudaba le otorgaría cuanto pudiera desear de por vida, cedió el ave y se fueron a buscar al búho para proseguir viaje hacia donde se hallaba la hermosa Aldegunda. Las dos aves se llevaban fatal. El loro se perdía por cantar canciones, contar chascarrillos y otras frivolidades, mientras que el búho sólo hablaba de filosofía y metafísica. Por si esto fuera poco, el loro estaba acostumbrado a una vida relajada y aristocrática, y no quería madrugar, lo que no le importaba al búho, aunque como ave nocturna, después de comer se echaba unas largas siestas hasta que anochecía. El príncipe estaba desesperado ante la dilación del viaje, pero prendido en sus ensoñaciones, iban haciendo camino. Dejaron atrás los pasos de Sierra Morena y se internaron en las llanuras de La Mancha y Castilla. Siguieron bordeando el Tajo hasta avistar una ciudad hermosa y linajuda: la imperial Toledo. El viaje tocaba a su fin. Allí, en Toledo, se encontraba el palacio de la sin par Aldegunda, cerca del río, rodeado de jardines y cerrado por altos muros, al tiempo que guardias armados lo custodiaban. El corazón de Ahmed latía con fuerza al hallarse tan cerca de su amada, pero, ¿cómo entrar en contacto con ella? Por suerte, el loro podía volar y hablar, de manera que fue designado embajador ante la princesa, para que le contase que a las mismas puertas de su casa, había llegado el peregrino del amor. Voló el loro hasta la ventana de los aposentos de Aldegunda, que tumbada sobre un diván, leía y releía un papel, mientras las lágrimas recorrían su rostro angelical velado por la nostalgia y la tristeza. Cuando le habló el loro, le miró con sorpresa, que resultó mayúscula al saber que su príncipe estaba al otro lado de los muros del palacio. Pero no todo era tan sencillo. Al día siguiente cumplía diecisiete años y su padre, el rey, había organizado un gran torneo entre los mejores caballeros del reino. Aquel que venciera en justa lid, ganaría la mano de Aldegunda. Si Ahmed la quería, debía estar presto a demostrar su valentía en el torneo. Allá que fue el loro a comunicarle las nuevas al príncipe que se desesperó al conocerlas. Muchas cosas le había enseñado su maestro, pero no el manejo de las armas. No podría competir con aquellos caballeros tan duchos en esta materia, y perdería a su amor para siempre. ¡Después de todo lo que había pasado por ella! Pero el búho, con su vieja sabiduría, conocía una cueva legendaria, situada en los montes de Toledo, en la que se guardaba una armadura mágica y un corcel encantado que sólo podían ser usados por un musulmán. En un viaje de juventud, junto a su padre, el búho pernoctó en dicha cueva, y podía asegurarle que allí contempló las armas y el caballo, esperando que alguien los sacase de su encantamiento. Corrieron hacia aquel lugar, entraron en la cueva, y así Ahmed pudo pertrecharse de cuanto necesitaba para el torneo. La armadura brillaba como si estuviese recién hecha y el corcel, en cuanto el príncipe lo tocó, se puso a relinchar alegremente.”

Regina colocó su cabeza entre sus manos.
Emilio. “Ya te aburrí…”
Regina. “No, sigue leyendo… si está un poco larga pero es interesante.”
Emilio. “La mañana amaneció soleada. El campo para el combate estaba preparado en la vega, al pie de las murallas toledanas y la expectación era enorme. Por fin se iba a conocer a aquella princesa tan celosamente guardada, y los rumores sobre su belleza corrían de boca en boca. Las damas más bonitas, ricas y poderosas del reino se mostraban impacientes y los caballeros que iban a competir templaban sus armas, también inquietos. Cuando apareció Aldegunda con su padre, un murmullo de admiración se dejó sentir por doquier. Pero la princesa, estaba pálida, triste, miraba inquieta a un lado y otro, como si esperase encontrar o reconocer a alguien. Ya iban a sonar las trompetas que señalaban el inicio del torneo, cuando el heraldo anunció a un nuevo caballero que deseaba entrar en la lid. Ahmed se presentó a caballo, con una presencia imponente. Caballo y caballero refulgían de joyas, y sus armas eran las más hermosas de todo el real. Se había inscrito como "el Peregrino del Amor", pero se objetó que sólo podían participar en el torneo nobles y príncipes, por lo que decidió dar a conocer su auténtica filiación. ¡Un infiel musulmán, aunque fuese príncipe, compitiendo por una princesa cristiana! Aquello era imposible. Sus rivales le rodearon en actitud hostil, y uno de ellos se rió en su cara del apelativo amoroso que había elegido, lo que enfureció a Ahmed que le retó. Se colocaron en posición de ataque y al más leve contacto de la lanza mágica del príncipe árabe sobre el enemigo, le derribó ante los aplausos de la multitud. Pero ahí no paró la cosa: las armas y el corcel, no en vano estaban embrujados, pues una vez que entraron en lid ya no hubo quien pudiera contenerlos. Emprendieron una lucha por su cuenta arrastrando al príncipe que, a duras penas, podía sostenerse sobre la cabalgadura. Arremetieron contra guardias, vasallos, nobles, hiriendo, golpeando, sin reparar a quién o quiénes derribaban y hasta rodó por el suelo el mismo rey, cuya corona fue pisoteada por el airado corcel. Se formó un tumulto difícil de controlar... la gente huía despavorida, y el padre de Aldegunda, se llenaba de ira. Las campanas de la ciudad anunciaban las doce del mediodía y el mágico hechizo recobró su poder. Caballo, caballero, armadura y arneses emprendieron una cabalgada desbocada hacia la cueva donde habían dormido tanto tiempo y cuando llegaron al lugar, quedaron de nuevo como petrificados. El príncipe descabalgó confuso y afligido. Todo le había salido mal. ¿Cómo presentarse en Toledo después de lo ocurrido? Los caballeros cristianos se sentirían humillados y el rey, después de semejante ultraje, no desearía más que vengarse. ¿Y qué decir de Aldegunda? No querría verle y, posiblemente, ni siquiera le amase después de aquel bochornoso espectáculo. Ante tanto dolor y desconcierto, Ahmed envió a sus pájaros a la ciudad para ver cómo estaban los ánimos y par a recabar noticias. El loro voló de día y constató que la consternación en la villa del Tajo era enorme. La princesa se desmayó y hubo que llevarla en andas hasta al palacio, mientras la población comentaba la sonada aparición de un mago árabe o de un demonio que dio al traste con el torneo. Desde luego, los sucesos acontecidos no podían deberse a ningún mortal, sino que se trataba de cosas mágicas o de encantamientos satánicos.El búho salió de noche y se posó en cuantos tejados, azoteas y almenas vio iluminados para escuchar lo que se decía, llegando hasta las ventanas del palacio de Aldegunda. La pobre princesa yacía en una cama, rodeada de sirvientes y médicos que trataban de mitigar su dolor, pero no había consuelo para ella. Cuando todos salieron de la estancia, la doncella sacó de su pecho un papel, que leyó entre lágrimas y suspiros. Tan entristecida estaba Aldegunda que el búho no pudo dejar de conmoverse. Ahmed pensó cuánta razón tenía su viejo maestro. ¡Cuántas desdichas trae el amor! La princesa empeoró en su estado. Ni sabios ni médicos daban con la razón de su mal que se agravaba por días. No quería ni comer ni beber, al tiempo que tampoco dormía. El rey, temeroso de perderla, publicó un edicto en el que decía que aquel que pudiera curar a su Aldegunda recibiría la joya más preciosa del tesoro real. Al búho, conocido el ofrecimiento real, se le ocurrió una idea. En su última estancia en Toledo, descubrió una torre en la que se celebraba una reunión de búhos anticuarios, situada muy cerca de la que guardaba el tesoro real. A través de sus hermanos se enteró de que, en dicho tesoro, se guardaba la alfombra mágica de Salomón, en una caja de sándalo. Esta alfombra tenía grandes propiedades mágicas y llegó a Toledo traída por los judíos de la diáspora, después de la caída de Jerusalén. Tal vez, con habilidad, Ahmed pudiera hacerse con ella y asegurar así su felicidad. El príncipe meditó unos instantes... y el amor hizo el resto porque este sentimiento hace osado al tímido e ingenioso al que no lo es y a nuestro enamorado recursos no le faltaban. Se vistió de mendigo árabe, y se embadurnó la cara con un betún oscuro. De esta guisa, irreconocible, se presentó ante las puertas del palacio ofreciéndose para curar a la princesa. Los guardias quisieron echarlo al ver su aspecto, pero Ahmed insistía una y otra vez. Se formó un alboroto y salió el rey en persona a ver qué sucedía. Al ver al mendigo, y conocedor de que los árabes poseían muchos secretos curativos, pensó que nada se perdía en que aquel hombre tratase de curar a su hija. Así que fue trasladado a las terrazas que daban a los aposentos de la princesa, seguido por numerosos cortesanos y por el rey. Ahmed sacó una flauta, y sentándose en el suelo, se puso a interpretar varias tonadillas de música árabe que había aprendido en los jardines del Generalife. La princesa, en su lecho, escuchó insensible las tonadillas. Cuantos la rodeaban movían la cabeza con incredulidad... aquello no parecía que pudiera sanarla. El príncipe, dejando a un lado la flauta, se puso a cantar, con una sencilla melodía, las estrofas amorosas que le había escrito a la princesa en la carta que le envió. Aldegunda reconoció, al instante, el texto... Se levantó de la cama como movida por un resorte. Se dirigió a la terraza y el color de la vida volvió a sus mejillas pálidas. ¡El milagro se había producido! Quería ver de inmediato al trovador, pero no se atrevía a decírselo a su padre, que comprendió que ése era el deseo de su hija. Ahmed fue introducido en la habitación de la princesa, y ambos se contemplaron, tímidamente, aunque con sus miradas se lo dijeron todo pues el lenguaje del amor es elocuente entre los enamorados. El rey, contento y admirado, mantuvo su promesa y, además, le ofreció al príncipe convertirse en el médico de la corte, pero Ahmed dijo que sólo quería la recompensa ofrecida y que de todas las joyas posibles, deseaba una alfombra que estaba contenida en una caja de sándalo. Se trataba de una reliquia árabe que para él tenía un gran valor sentimental. Todos se sorprendieron de la modestia de su petición y buscaron en el tesoro real la caja en cuestión. Se la presentaron al príncipe que, en presencia del rey y los cortesanos, fue abierta, apareciendo dentro de ella, la alfombra de seda verde que, en tiempos, cubrió el trono del gran Salomón. Ahmed dijo que era digna de estar a los pies de la hermosura de la princesa y la colocó junto a la otomana donde permanecía Aldegunda. Los dos se sentaron sobre ella, mientras el príncipe descubría su condición y le decía a su amada que él era "el Peregrino del Amor". En aquel mismo instante, la alfombra echó a volar, llevándose a los amantes ante la estupefacción de cuantos contemplaron semejante prodigio. Cuando el rey se recuperó de la sorpresa, reunió a un poderoso ejército para marchar sobre Granada y recobrar a su hija, arrebatada por aquel mágico sistema. La marcha hacia Al-Andalus fue larga y penosa para los cristianos, que llegaron por fin, plantando el campamento en su vega. Se enviaron emisarios a Ahmed para que devolviera a Aldegunda, pero en lugar de presentar batalla, el príncipe salió al encuentro de su ya suegro, acompañado de la princesa, cubierta de joyas y más bella aún que cuando estaba en Toledo. Ahmed era ahora el rey, puesto que su padre había muerto y Aldegunda, su sultana (reina). Ambos resplandecían de felicidad y el rey cristiano comprendió que no tenía nada que hacer. Se sucedieron las fiestas y los agasajos a los cristianos que, después de disfrutar de la hospitalidad musulmana, retornaron a Toledo muy contentos por el trato recibido y porque no se derramó una sola gota de sangre. La joven pareja continuó reinando en la maravillosa Alhambra, y se dice que aquella corte fue tan feliz como justa y querida por su pueblo.
No se olvidó Ahmed de las promesas que hizo a sus dos amigos, el loro y el búho. Al primero lo nombró maestro de protocolo y ceremonias, y el segundo ocupó el puesto de primer ministro. Con los consejos de las dos aves, el gobierno del "Peregrino del Amor" se rigió siempre por la buena administración y las buenas maneras.
Regina. “Después de tanto el amor verdadero triunfa… No me gusta mucho eso, este tipo de literatura nos vende una idea que no existe, el amor no es así.”
Emilio. “Tienes razón; el amor no es así. El amor es mejor que una historia, mejor que una leyenda. Cómo sabéis, no soy de aquí… soy de Barcelona y no somos especialmente unos románticos pero creemos en la fuerza del amor, de la vida, creemos en el destino. Quizá porque hay muchas ideas de los gitanos y un sueño algunas veces significa más que una ley.”
Regina. “Gracias.”
Emilio. “¿Por qué?”
Regina. “Por ser como es…”
Emilio. “No me habléis de usted, ya te lo he dicho. Soy joven aún.”
Regina. “Lo sé, pero en estas semanas ya me quedó clarísimo que soy su alumna y como tal, debo hablarle con respeto, y el respeto en referencia me hace hablar de usted a mis superiores y no es que esté loca, o quizá si lo estoy pero así siempre he sido y no quiero arruinarlo ahorita porque sé que yo estoy en un error al sentir esto y dije que diría nada.”-comenzó a hablar más rápido- “Llevo casi un año aquí y no quiero echar a perder eso por un tonto sentimiento y no es que le esté declarando mi amor, es sólo que no quiero sentirme estúpida al guardar esto y tratar de que algo pasara ese día es absurdo. Para empezar usted jamás se fijaría en mí porque no soy especialmente guapa y soy menor, para continuar, el hecho de que viva en la misma casa se volvería incómodo, así como ahora más o menos pero incrementaría la vergüenza y para terminar… me siento molesta conmigo porque nunca me había pasado esto, no me enamoro fácilmente y la verdad es que…”

Emilio, sonreía al escuchar tantas palabras en tan poco tiempo. Le causaba gracia porque según Regina, no quería decir algo sobre lo que le sucedía y terminó diciendo todo. Antes de que terminara de hablar, él la besó.
Fue el beso que tanto habían esperado. Un beso que comunicaba; de esos con los que, como en el poema, sabrían lo que tanto habían callado.

martes, 17 de mayo de 2011

Capítulo 8.


Días después. Madrid, España.

Fabiola había regresado a México. En la clase de Fotografía decidieron ir a un pub (bar) esa noche para festejar el cumpleaños de Rodrigo, el otro chico Mexicano del grupo.

En el pub (bar).

Regina. “Mira que yo no bebo.”
Rodrigo. “Una nomas, chiquita. ¡Es mi cumple!.”
Regina. “¡Que no, coño!.”
Rodrigo. “¡Escúchate Ya hasta hablas como española! En serio, ¿Me la vas a despreciar?” - le pone la copa frente a sus labios.

Regina acepta la bebida. Rodrigo ya estaba ebrio. Luego de un rato más, entre canciones y más alcohol no quedaba alguien sobrio en ese grupo de amigos.

Regina. “¡Quiero bailar! ¡Vamos, vamos!” –agarró de la mano a Rodrigo pero éste prefirió pedir un trago más.- “Oh my god! Miren allá, es la profesora de Recorta y Pega II (Diseño Editorial).”
Arturo: ¡Pero miren con quien ha venido!

Regina voltea y ve a Emilio.

Regina. “Pues… cómo que está muy grande para él, ¿no? Él es guapo y joven y ella pues ya está crecidita.”
Arturo. “Pues hacen bonita pareja, muy sexis los dos.”
Regina. “¡Ash! Me chocan, nomás porque es alta y rubia…” – tomó un shot de tequila.
En México. Muy temprano.

Bruno. “Ya levántate… tengo práctica muy temprano.”

Él se enredó una toalla en la cintura y alistaba sus cosas para vestirse.
Jessica. “Un ratito más.” –se levantó de la cama y lo abrazo.

Ella estaba desnuda. Bruno miró el reflejo de ambos en el espejo.
Bruno. “Por favor, vístete que paso a dejarte a tu casa. Creo que hoy tengo unas horas libres, podríamos vernos…”
Jessica. “A ver Bruno, no soy tu objeto sexual, para eso están las prostitutas… Yo te amo y si estoy aquí es porque esto jamás acabó para mí.”
Bruno. “Es que no sé qué pensar… Por favor, vístete, te marco para que quedemos en algún lugar.”
Jessica. “Desde que regresaste de ese viaje “escolar” a Madrid estás peor que nunca. Sólo espero que no hayas visto a la estúpida de Regina.”
Bruno. “No la insultes…” –se quedó pensando.

Bruno volteó y beso a Jessica. La besaba con pasión, con lujuria. Fue cuestión de unos minutos para que volvieran a liarse en la cama, ahora con más prisa.


Madrugada.
En el pub. Madrid, España.

Todos ya estaban ebrios. Unos se habían ido a los baños para aprovechar la “excitación” que les producía el alcohol. Otros lloraban por algún amor no correspondido o perdido. Y otros, como Emilio, trataban de hacer que sus citas duraran.
Regina y  un joven conversaban un poco. Ambos estaban ebrios.

Regina. “Y en serio, el árbol cambiaba de ánimo” –reía- “No miento, yo estaba acostada con él y cambiaba a cada rato. Rarísimo.”
Julián. “Lo que necesitas es relajarte un poco… estáis viendo cualquier cosa tía”

Julián, un joven que al parecer era cliente asiduo de ese pub, intentó besarla.

Regina. “No, estás confundiéndote… Yo no quiero…”
Julián. “Anda tía, que no tiene nada de malo…” –la tomó de la cintura y la acercó a él bruscamente.
Regina. “¡Joder! ¿Estás sordo?”

Regina trató de zafarse pero él era más alto y corpulento además que su estado etílico no la ayudaba mucho. Después de forcejear un poco le dio una fuerte mordida en el labio y echó a correr fuera del establecimiento. Emilio salió tras de ella.

Emilio. “¡Regina! ¿Qué pasa? ¡Regina!”

Regina siguió corriendo hasta que, no muy lejos de ahí, se desvaneció. Emilio corrió hacía ella.

Emilio. “Regina, responde… ¡Joder! ¿Qué habrá pasado?”

Regina despertó, sólo había sido un desmayo.  Emilio le ayudó a ponerse de pie.

Emilio. “¡Vamos, te llevo a casa!”

Regina comenzó a reir.
Regina. “¿Y si se enoja Miss Universo porque la dejó ahí?.”

Él sonrió. Caminaban hacia el auto de él.
Emilio. “¿Te refieres a Olivia?” –Regina asintió. “Hay veces en las que, por mucho que lo intentéis no hay química. No surge esa chispa.”
Regina. “¿La chispa adecuada? ¿Cómo la canción?”.
Emilio. “¡Exacto! Justo así es esto.”


Emilio la ayudó a subir al auto. Cerró la puerta y se dio la vuelta para conducir. Regina le indicó que se fuera a la cafetería donde trabajaba y ya ahí le diría donde estaba su domicilio. Llegaron.

Emilio. “No puedo creerlo… Yo vivo aquí. Bueno, en realidad almaceno mis cosas aquí, en estos días planeaba mudarme por completo.”
Regina. “Entre, profesor.” –al abrir la puerta cayó encima de un montón de cajas.
Emilio. “¡Cuidado! ¿Estás bien?” –se arrodilló para verla.
Regina. “¿Cuántos años tiene, profe? Es usted muy joven.”
Emilio. “Tengo 26 años. Ven, vamos a la cocineta, te prepararé sopa y café. Necesitas comer algo.”
Regina. “No, mire, tengo el estómago revuelto, si como, no lo soportará…”

Se levantaron del suelo, él la acompañó a su habitación para que se vistiera. Ella, como pudo se desvistió y se puso el pijama. Salió y Emilio ya le tenía una taza de café y un tazón de sopa instantánea.
Emilio. “Bebe y come un poco, os hará bien a tu organismo.”

Regina sonrió, tenía hipo, así que no pudo comer bien. De pronto, se levantó de su asiento y caminó hacia él que estaba recargado sobre el marco de la puerta. Se paró de puntitas e intentó besarlo, Emilio la alejó.
Regina. “¿No le gusto?”.
Emilio. “Creo que no es lo correcto. Estáis bajo los efectos del alcohol. Deberías ir a dormir.”
Regina. “¡Coño! ¡lo sabía! ¿Sabe por qué nadie me hace caso? ¡Porque estoy fea y enana! ¡Claro, cómo yo no tengo el cuerpazo de “Miss Universo Olivia”!”
Emilio. “No digáis eso, eres muy bella pero no sería lo correcto. Ven, te llevo a tu habitación.”

Regina se adelantó con pasó rápido a su habitación, cerró la puerta. Se sentó sobre su cama.

Regina. “¡Qué estúpida! ¿Ahora con qué cara lo voy a ver todos los días en clase? No vuelvo a tomar…”

Emilio grita del otro lado de la puerta.

Emilio. “¡Regina! ¿te encuentras bien?.”

Regina se recostó sin decir alguna palabra. Emilio del otro lado de la puerta pensaba en lo sucedido.
Emilio. “Me gustas pero no es lo correcto.”

Regina ya no escuchó pues apenas estuvo en contacto con la almohada, cayó en sueño profundo.

Al día siguiente. Regina despertó y se bañó. No recordaba mucho pero tenía un dolor de cabeza tremendo. Salió en ropa interior con dirección a la cocina. Calentó un poco de agua y se preparó un café. Al dirigirse a la pequeña salita para sentarse y ver un rato la televisión, vio salir a Emilio de aquella habitación del fondo. Regina soltó la taza de café. Gritó.

Regina. “¡Mierda! Me he quemado.”
Emilio. “Tengo ungüento para las quemaduras en mi habitación.”

Regina lloraba. Trataba de cubrirse el cuerpo con las manos.

Regina. “¿Qué dices? Usted… es el huésped fantasma…”
Emilio. “Pensé que había quedado claro ayer que yo viviré aquí.”

Emilio sacó un frasco con ungüento y Regina entro a la habitación para que se lo untara.

Regina poco a poco recordaba todo lo acontecido en la noche anterior. Se sonrojó. Se miró semi desnuda frente a su profesor que tanto le atraía mientras le curaba la quemadura y en la desesperación de taparse jaló una sábana de un mueble lleno de cosas. Tiró un sobre.
Regina. “Pero…” –se levantó deprisa a ver aquello que  cayó del mueble.

Emilio se levantó asustado.
Regina. “¿Yo fui su tarea aquel día, el primer día de su clase?”

Sacó las fotos que quedaban en el sobre. En todas estaba ella con diferentes expresiones… todas, del primer día de clase cuando el pidió que retrataran a alguien.

Emilio. “No os asustéis, es que vuestra alma invita a retratarla.”
Regina empezó a reir y las lágrimas salían de sus ojos.
Regina. “¿Por qué me rechazó ayer?”
Emilio. “Creo que debo irme…”
Regina. “No, por favor. Prometo no hablar del tema. Sólo… quédese.”

Emilio se acercó y secó las lágrimas de su rostro. Regina lo abrazó, recargó la cabeza sobre su pecho. Él la abrazó fuerte, besó su cabeza, luego su frente.

Emilio. “Tengo ganas de no irme nunca.”
Regina. “No lo haga. No quiero que se vaya.”
Emilio. “Esto está mal. No es correcto.”
Regina. “A ver, dijo que quería que aprendiéramos a disfrutar de la vida, a querernos y a amar…”
Emilio. “Pero eres más joven. Buscáis un “pasatiempo”, yo busco formalizar.”
Regina. “Nunca he sido de las que gustan de las relaciones fugaces… eso de pasatiempos en realidad es de mujeres fáciles, ¿es ese el concepto que tiene de mí?”

Se salió enojada y fue a su habitación. Se vistió y salió por la ventana para no tener que enfrentar a Emilio. Éste, al ver que no salía, entró preocupado a buscarla. Al ver la ventana abierta dedujo que por ahí salió. Se detuvo un momento a ver lo que había. Una pared estaba tapizada de fotos, se acercó a verlas. Fotos de su estadía en España, algunas tenían cosas escritas. Entre ellas, vio una… era de él. En el primer día de clase, Emilio fue la persona a la que retrató. Despegó la foto. Al reverso se encontraba escrito algo y destacaba una frase “Si pudiera elegir con quien pasar una temporada de magia, me gustaría que fuera con alguien como él… Aunque no hable, su mirada grita. “LET’S WASTE TIME (Vamos a perder el tiempo…)””

Emilio sonrió.
Emilio. Before we get too old..(Antes de que nos volvamos muy viejos.)

Salió a caminar. Algo había cambiado en él. Volvía a sentir que vivía. Tenía miedo pero se sentía bien. Ahora tenía que provocar que “los planetas se alinearan” y el tiempo – espacio se aliaran para provocar algo lindo.


Capítulo 7.




Tiempo atrás. Madrid, España.
Universidad.

En el área en donde estudiaba Regina se había efectuado un concurso, solo un grupo presentó su proyecto fotográfico. Emilio, el profesor se haría cargo de ese grupo.

Emilio. “Rodrigo y Regina, los únicos que presentaron proyecto para la convocatoria del concurso… les tengo una noticia.”

Todos estaban atentos, Regina nerviosa tomaba la mano de Rodrigo. Él, nervioso la miraba embobado.

Emilio. “Habéis sido seleccionados. Estaré a cargo del proyecto, como un supervisor o algo, cada equipo lo tendrá. Por favor muchachos, feliciten a sus compañeros.”

Rodrigo abrazó a Regina. El resto del grupo se levantó a felicitarlos.


Emilio. “Bien hecho, muchachos. Mañana mismo en la tarde es la primera prueba. Consiste en que irán a la producción de un cortometraje  pero también podréis estar presentes en la grabación de un nuevo largometraje y una sesión de fotos. Todo esto para que se involucren en el proceso detrás y delante de cámaras. Sean puntuales.”
Regina. “Muchas gracias. Estoy muy emocionada. ”
Rodrigo. “Princesa, felicidades esto solo es el comienzo.”
Rodrigo ya mostraba más interés en Regina. Cada que podía la invitaba a comer o a visitar algún lugar “de moda”, pero ella, después de lo de Bruno no quería tener pareja.

A la mañana siguiente, en el estudio.

Regina. “Estoy aquí… ¿Y Rodrigo?”
Emilio. “No lo sé, pensé que estaría contigo.”

Entonces  Regina recibe mensaje, Rodrigo le decía que había tenido que viajar a México sin avisar pues su mamá estaba algo enferma.

Regina. “Rodrigo, dice que ha viajado a México. ¿Qué hacemos?”

Llega el asistente de producción, saluda.

Asistente. “Vengan conmigo. Iniciaremos con el recorrido para que vosotros percibáis  en qué consiste la filmación. Cómo habéis visto, hay muy equipo complejo…”

Emilio interrumpe.

Emilio. “Disculpe. El joven que fue seleccionado no ha asistido por motivos personales…”
Regina. “¿Podemos dejarlo para otro momento?.”

Asistente. “No es posible.  Los equipos seleccionados cuentan con un día, ya está programado. No podéis venir y cambiar todo.”


Regina. “Lo siento… ¿Entonces?."
Emilio. “Vamos. Has trabajado en esto y mereces estar aquí. No desperdiciéis la oportunidad.”

Regina y Emilio comenzaron el recorrido. Ella llevaba su cámara. El asistente de producción les explicó brevemente lo hallado en la locación. Luego de una hora de recorrer el lugar, llegaron a lo que sería la filmación de un film.

Asistente. “Bueno, desde aquí vosotros observen. Si queréis ir a comer algún bocadillo es saliendo del lado izquierdo está el catering. Si fotografían algo tengan cuidado de no distraer.”

El asistente se fue.

Regina. “Es increíble esto. Me gustaría tomar algunas fotos.”
Emilio. “Yo tengo hambre. Ve a tomar las fotos mientras voy a comer algo. Te busco.”
Regina. “Vale, nos vemos en un momento.”

Regina salió con cámara en mano. Comenzó a caminar sin rumbo tratando de encontrar inspiración. De pronto, se encontró con un mural, en él estaba pintado aquel lugar donde Bruno la llevó, “La Casa Rural La Garrocha”. Se sentó a contemplar el mural, recordando aquel momento. No lo olvidaba pero no sentía lo mismo por él. Sentía nostalgia, tristeza porque lo alejó sin explicación. Empezó a llorar.

Regina. “Fue lo mejor. Además la distancia no ayudaría. Me duele la manera en la que te pedí que salieras de mi vida.”

Emilio buscaba a Regina.  Recorrió un largo pasillo hasta que encontró aquel mural y frente a él, a Regina, llorando sentada en el piso. Se acercó indeciso. Se arrodilló frente a ella hasta quedar a su altura.

Emilio. “¿Estás bien? ¿Te sientes indispuesta?”

Regina se limpió las lágrimas rápidamente. Se sonrojó.

Regina. “Perdón. Es sólo que extraño a mi familia.”

Emilio suspiró. Miró el mural.

Emilio. “Se dice que en ese lugar inician romances fugaces. No lo creo… pero explican que el hecho de que se encuentre tan apartado y su estructura tan perfecta es una adecuada analogía para los primeros romances. Las relaciones perfectas, esos cuentos adolescentes. ¿Sabes? Mi hermana mayor estuvo ahí. Le propusieron matrimonio. Es mágico el lugar.”

Regina lloró más.

Emilio. “¡Perdón! ¿Qué dije?”
Regina. “Nada, nada. ¿Cómo fue su primer amor?.”
Emilio. “Primero, háblame de tú, en realidad no estoy tan grande. Y luego, no considero que haya tenido un primer amor, un enamoramiento que me marcó, sí. Si la amé pero no puedo decir que fue mi primer amor, quizá debo comparar experiencias y lamentablemente desde aquella vez no he tenido pareja. Ella es de aquí, es muy bella pero algo frívola, la quise mucho. Se fue de intercambio a Australia. Prometimos vernos, escribirnos peor no funcionó, ahora no sé algo de ella.”
Regina. “¡Wow! Es algo parecido lo que me sucedió… No funciona, lo sé. Las relaciones a distancia no sirven… pero aún estoy triste, no porque no funcionara sino porque aleje muy feo de mi vida a alguien, fui egoísta, no pensé más que en mí.”
Emilio. “Muchas veces dudamos pero siempre hay que elegir lo correcto para nosotros, de lo demás, la vida se encarga.”
Regina. “Tengo un hueco en el pecho, en ocasiones necesito arrodillarme porque pienso que así lograré disfrazar eso y no se sentirá… sé que a mi edad es estúpido que sienta eso y que me sienta tan melancólica a veces pero no he amado a alguien, a veces siento que seré una solterona llena de sobrinos postizos… creo que fue mala idea dejarlo ir…”

(Reproducir:  http://youtu.be/v5Ai5C5VZuo )
Regina volvió a derramar lágrimas. Emilio sin articular palabra la abrazo muy fuerte. Regina recargo la cabeza en su pecho y lloraba más. Quizá eso le hacía falta. Un hombro en el cual llorar un poco.

Emilio. “Sois una mujer inteligente, fuerte, muy bella. No es necesario reprimir lo que sientes. Es de humanos llorar. ”
Regina. “No me quiero quedar sola. Sólo alejo a las personas que me quieren.”
Emilio. “No digas eso. Mira, salgamos de aquí y caminemos un poco. Te hará bien. Te invito un helado, un café o a comer.”
Regina. “Gracias pero prefiero dormir un poco. Tengo jaqueca desde ayer noche.”
Emilio. “Está bien, te acompaño.”

Regina y Emilio caminaron hasta que se acercaron a la calle donde vivía.

Emilio. “Soy adicto al café de ese lugar”- señaló un establecimiento.
Regina. “¿En serio? Yo trabajo ahí, en la tarde, luego de la escuela.”
Emilio. “¿Por qué no te he visto? Acudo con frecuencia, más en las mañanas porque vengo por material a donde planeo mudarme desde hace medio año pero parece bodega el lugar.”
Regina. “Yo igual vivo cerca. Es un edificio en la calle…”- suena su celular- “Permítame tantito, por favor.” – cuelga- “Debo irme, mi mejor amiga me dio la sorpresa y por fin vino a verme.” – dijo sonriendo.
Emilio. “Así es bueno verte. No mereces estar triste. Diviértete.”

Regina lo abrazó agradeciéndole. Se fue. Emilio la miró alejarse y sonrió suspirando. Se sentía bien estando cerca de ella. ¿Pero que estaba pensando? Debía quitarse esa sensación.
Ya en el piso (departamento) donde vivía Regina, se encontraba Fabiola.

Regina. “¡¡Fabi!!”- la abrazó- “Mensa, te extrañé mucho. No es lo mismo verte en el monitor.”
Fabiola. “Yo también te extraño. Hablo todos los días con la pared y creo que me he inventado dos personalidades para desahogarme.” – ríe.
Regina. “Ven, vamos…. Te invito un café de donde trabajo. Hay un ambiente asombroso, te encantará.” –salta- “Aún no puedo creer que estés aquí, ¿por qué no me avisaste?.”
Fabiola. “Quería que fuera sorpresa y al parecer logré hacerlo, sorprenderte. Te amo mensa. Oye, ya que estoy aquí preséntame a algún españolito sexy, ¿no?. No seas mala…”
Regina. “¡No! Ok, ya veremos al rato. Mientras, ¿Qué quieres tomar?”
Fabiola. “Lo de siempre…”

Dicen al mismo tiempo “Cherry Mocha”, ríen.

Regina. “¡Esto no es Starbucks! Te traeré un frappé de té verde.”
Fabiola. “¿Entonces para qué me preguntas? No cambias” – ríe.

Regina va a ordenar. Paga. Espera mientras le entregan lo pedido. Después de unos minutos regresa a la mesa donde se quedó Fabiola.  Se sienta.

Regina. “Tienes que ver muchos lugares de aquí, es increíble todo… Además de que cada lugar tiene como cierto aire romántico. La universidad aún está abierta pero está algo retirada de aquí… Bueno, en realidad como a 20 minutos” – notó que Fabiola veía a otro lado- “Bueno y tengo 5 meses de embarazo pero casi no se me nota porque tengo sexo 3 veces al dia, toda la semana. ¿cómo ves?”
Fabiola. “Muy bien, eso es genial.” – seguía dirigiendo su mirada hacia otra dirección.
Regina. “¿Qué tanto ves? ¿Ya le estás coqueteando a alguien?”.
Fabiola. “No, es que hay un hombre allá. Es lindo pero me llamó la atención… es demasiado perfecto. Guapo, está leyendo, buen cuerpo…”
Regina. “A ver… comparte, pues.” – voltea. “¡Fabiola! Dime que no es ese hombre de chamarra de cuero, dime que no es él.”
Fabiola. “Ay, ¡qué carácter! Sí, a él me refiero. Se ve tierno, sexy…”

Regina se voltea rápidamente. Se cubre la cara con la mano.

Fabiola. “¡Ay, tú! No creo que el papasito vaya a pararse y… ¡No inventes! ¡Viene para acá!”
Regina. “¡Trágame tierra!.”
Emilio. “¡Buenas tardes!”
Regina. “¡Hola profe!”

Al oír esto, Fabiola escupió su bebida.

Fabiola. “¿profe… profesor?” – limpió la mesa con un pañuelo desechable.
Emilio. “Mucho gusto, mi nombre es Emilio.”
Regina. “Ella es Fabiola, mi mejor amiga”
Fabiola. “¡Hola!” – saludó nerviosa.
Emilio. “Bueno, sólo pasé a saludar, me marcho.”

Fabiola miró a Regina que estaba sonrojada.

Fabiola. “No, puede quedarse. Siéntese.”

Regina le hizo cara y  Fabiola leyó en sus labios la pregunta “¿Qué estás haciendo?”.

Fabiola. “Bueno, y ¿de qué es profesor?”.
Emilio. “Imparto la clase de fotografía como parte de mi servicio. Recién concluí mi grado.”
Fabiola. “¡Wow! ¿Y qué tal se porta mi amiga? ¿Ya notó ese potencial que tiene? ¡Es muy talentosa! A parte de la fotografía, también escribe muy bien.”
Regina. “¡Fabi!” – ocultó su cara entre sus brazos sobre la mesa.
Fabiola. “¿Qué? Sólo digo la verdad. ¿O no?”

Emilio sonríe dulcemente y mira a Regina.

Emilio. “Sí. Es una alumna dedicada, aunque habla mucho. Recién fue seleccionada para pasar un día en la producción de una película y estoy seguro que es el inicio de algo grande.”
Fabiola. “¿En serio?, no me habías contado… ¡Qué bonito se expresa de ella!”
Emilio y Regina se sonrojan.
Regina. “Me siento un poco mal, quisiera dormir un poco.”
Emilio. “¿Qué tienes?” – preguntó asustado.

Fabiola levantó la ceja divertida por la escena.

Regina. “Nada… es que me duele un poco la cabeza pero quiero dormir. Gracias por acompañarnos, hasta mañana.”

Se levantó del asiento y jaló a Fabiola. Emilio solo alcanzó a hacer un gesto de despedida con la mano. Ambas caminaban apresuradas.

Fabiola. “¡Qué suerte tienes méndiga! Pero tus excusas tontas para zafar… bien obvia tú.”
Regina. “¿De qué hablas? ¡Estás loca! El cambio de horario te afectó.”
Fabiola. “Sí, un poco… pero mi sexto sentido jamás me engaña… entre ustedes hay algo. Él te mira de una manera muy rara y se expresa muy bonito de ti. Además es joven. No hay impedimentos.”
Regina. “¿Cómo crees? ¿Qué parte de “es mi profesor” no entiendes? Mejor cuéntame que hay de nuevo en México, ¿cómo vas? ¿Has visto a mi familia?”.
Fabiola. “Entre ustedes habrá historia, lo sé. Cómo sea… sí, de hecho tu hermano me llevo al aeropuerto. Voy a visitar a tus papás cada fin de semana y a veces salgo con tu hermano, su novia y amigos. Oye, ¿Qué pasó con Bruno?”
Regina. “No quiero hablar de él. Ven, te enseñaré  donde vivo.”

Regina y Fabiola entraron al departamento. Le mostró su habitación y las estancias que se supone compartía con alguien más, ese alguien que no se hacía presente. Después de un rato Regina la acompañó al hotel cercano en el que se hospedaría. Fabiola siguió molestándola por el futuro romance con su profesor.

Así es como las piezas del rompecabezas encuentran su unión perfecta.

jueves, 5 de mayo de 2011

Capítulo 6.


Casi tres años atrás, Madrid, España.

Regina había conseguido un empleo en una librería – café. En sus primeros meses de estudios en ese país iba bien, acostumbrándose. Llevaba buena relación con sus compañeros y poco a poco armaba su portafolio con fotografías y escritos.
Cierto día, ella regreso de trabajar. Casi de noche, cansada; se ducho y vistió. Alguien, en ese departamento había alojado sus pertenencias, pero siempre  llegaba – si llegaba – era muy tarde y se iba muy temprano. Era un misterio quien habitaba en la recámara contigua.
Regina se dirige a dicha habitación. Decide investigar, abre la puerta. Suena su celular.
-    
      -¿Hola?
-     - Hola Regie, soy Rodrigo… oye aquí afuera está alguien que te busca pero no quiere decirme el nombre.
-     - Ya quería dormir… bueno, ya salgo.- colgó.

Regina salió del edificio.
Regina. “¿Puedes decirme qué haces aquí?”
Bruno. “Vine a un congreso. Fue un concurso; entonces le pedí tu dirección a tus papás. Por cierto, te envían algo.”
Regina. “No puedes llegar así”
Bruno. “Pensé que te daría gusto…”
Regina. “No, bueno… perdón, es sólo que tuve un día un poco pesado pero ya, tengo 3 días de asueto académico, así que descansaré y sacaré ese estrés.”
Bruno. “¡Perfecto! Llegué en buen momento.”
Regina. “Ya te dije que no”- lo miró, él estaba emocionado. Ella sonrió-.
Bruno. “Te quiero, ya te extrañaba.” – la abrazó. “Mira, te traje esto y tus papás te envían esto.”


Bruno le dio una caja con algunos libros que le enviaban sus padres, además de los jerseys de los mejores equipos de España con el nombre de ella atrás. Regina saltó para abrazarlo.

Regina. “Gracias. Ah, están geniales. Muchas gracias Bruno… ¿sabes? Aún no conozco los estadios… pensaba ir este fin de semana, jugará el Espanyol contra el Real Madrid.”
Bruno. “Iremos, pues… Ay Regie…”
Regina. “¿Quieres pasar? Luego podemos salir a algún lado a cenar o a tomar café…Espera, ¿en dónde te estás hospedando y por qué veniste?”
Bruno. “Ya te dije. Escuela…” – vió la cara de Regina- “Ok, quería verte… tuve unos días  de descanso en las prácticas del hospital. Les comenté a mi papá y dijo que ya a mis 25 podía decidir qué hacía… Reservé desde allá y fui a ver a tus papás para que me dieran la dirección y aquí estoy.”



Regina y Bruno salieron a Bar-Cafetería Las Rocas. Hablaron de todo y nada. Recordaron momentos de antaño. Ellos se conocieron en la escuela, sólo que él iba unos grados adelantados pues es más grande… pero se enamoraron. Su intento de relación no funcionó, de hecho jamás hubo algo oficial pero él creía que ella era la mujer de su vida.


Al día siguiente fueron a ver un partido. Comieron y cogieron un bus con rumbo desconocido para Regina. Él sabía perfecto a donde irían.


Ya en los Jardines del Capricho se encontraban, fueron directo al laberinto formado por arbustos, corrían, reían.


Bruno. “Te propongo algo.”

Regina. “¿Qué cosa?”

Bruno. “Nos olvidaremos de todo y de todos.”


Regina se cruzó de brazos, pensó que quizá después de eso no habría otro momento igual.


Regina. “Está bien, la noche nos pertenece. Trato hecho.”


Extendió la mano para que el la estrechara en señal de pacto. Bruno la tomo de la cintura, la acercó a él y la besó con ternura. Regina se separó. Él, con mirada confundida retrocedió.


Regina. “Perdón, es que… no quiero que esto sea vuelva un lío… pero, ¿sabes? “Esta noche todo vale””


Regina se acercó, colocó la mano sobre el pecho de él. Bruno sonrió, se acercó para besarle. Un beso largo y tierno, un beso que habían esperado tanto.


Bruno. “Te llevaré a un lugar. Mi mamá me contó antes de que muriera que, fue ahí donde mi papá le propuso matrimonio, decía que era mágico el lugar.”


Fueron a la Casa rural La Garrocha, un lugar encantador, rústico, cerca de un lago, iluminado todo.


Regina. “Es hermoso, pero no podemos entrar…”


Bruno sonrió y le mostró unas llaves. Regina sonrió.


Regina. “Tonto. Entremos, pues.”


Entraron, se sentía frío el clima pero la cabaña era acogedora.


Regina. “¿por qué haces todo ésto?”

Bruno. “Porque no puedo dejar que te vayas de mi vida, no quiero dejarte ir.”

Regina. “Nunca entendí por qué te enamoraste de mí… y por qué, a pesar de lo que sentías nunca hiciste algo.”

Bruno. “Miedo, tal vez… Al ser mayor que tú, no veía las cosas desde el mismo enfoque, yo deseaba divertirme, no engancharme… pero sucedió, hasta ahora no te olvido. ¿Sabes? Me acordé de aquella vez en la que estábamos en la escuela, tu grupo se había ido porque llovía muy fuerte y tu te quedaste ahí en la cancha de fútbol rápido”- sonreía.

Regina. “Sí recuerdo, que empezaste a correr tras de mí hasta que nos tiramos en el suelo.”

Bruno. “Esas cosas simples no se olvidan porque significan mucho.”

Regina. “Sólo sé que… el viaje, el cambio de ambiente, de vida me ha hecho bien y no lo arruinaré…”

Bruno. “Te pediría que regresaras pero sé que sería muy egoísta… puedo venir cada tanto a verte y escribirnos siempre que podamos, estar en contacto por el video chat.”

Regina. “Eso no funciona. No lo compliques.”


Comenzó a llover.


Bruno. “Entonces…”

Regina. “Nada. Hagamos que esta noche perdure, pero que perdure solo por ésta vez, después de esto nada será igual, no volveremos a lo mismo. “

Bruno. “La noche nos pertenece.”

Regina. “No, nosotros le pertenecemos a ella.” – se acercó a la ventana y miraba la lluvia caer.


Bruno, sin decir algo se acercó a ella, la abrazó fuerte e hizo que volteare. Al tenerse frente a frente él la besó con ternura y tristeza. Sabía que luego de esa noche, no habría algo más. Regina lo tomó del cuello y lo separó un poco.


Bruno. “Deja que te ame.”

Regina. “Bruno, yo… nunca he estado así con una persona, no sé…”

Bruno. “No te preocupes. Sólo quiero estar contigo, abrazarnos, amarte, protegerte.”

Regina. “¿Cuidarás de mí?”

Bruno. “Siempre, aunque no quieras.” – sonrió y los ojos se le cristalizaron.


Regina se acercó más, lo atrajo hacia ella y lo besó apasionadamente. Él trataba de frenarla besándola con más ternura. Entre caricias torpes y risas nerviosas fueron desnudándose el uno al otro, con miedo, con pena. Se acostaron en el piso alfombrado, cerca de la chimenea. Hacía frío pero a ellos no les importaba.


 
Bruno. “Eres hermosa.”

Regina. “No hables, no lo hagas.”


Regina y su primera experiencia sexual. Lloraba de la emoción y del dolor que el primer contacto causaba. Se aferraba a la espalda de Bruno. Lentamente iban conociéndose. ÉL susurraba palabras de amor, ella las callaba con besos. Se acostaron, ella al lado de él, volteada, lloraba.

Bruno. “¿Qué tienes?”

Regina. “Nada”- fingió una sonrisa- Gracias por ser así conmigo.

Bruno. “Te amo.”




Ella no respondió, lloro más y lo beso, esta vez con furia, con coraje. Repitieron lo que una hora antes, ahora con más confianza, con menos pudor.

Despertaron abrazados. Regina se vistió rápidamente. Bruno despertó y preparaba el desayuno. Ella salió a caminar, a despejar su mente.

Bruno. “¿Cómo estás, amor?”

Regina se volteó enojada.

Regina. “Conseguiste lo que querías… ¡sexo! ¿Cómo caí? Bueno, la verdad es que también tenía ganas de estar contigo en esa forma. Digo, tú eres el experto, siempre hablando todas de lo buen amante que eres. El sexo más caro de tu vida, ¿no? Viajar, comprar cosas, rentar ésto…

Bruno. “¿De qué hablas? Anoche fui sincero. Quería que pasara… sí, pero porque te amo.”

Regina. “Blah, blah, blah… Me encanta, eres un experto con eso de las palabras y detalles que enamoran pero, ¿sabes? Sólo fue un día de debilidad, de calentura, ni creas que siento algo por ti, muy tonta sería si fuera de ese modo.”

Bruno. “No te entiendo, ayer estábamos tan bien…”

Regina. “Ayer. Además fue solo para que pudiéramos pasar la noche juntos, de otra forma no hubiera sucedido.”

Bruno. “No puedo creerlo. No lo imaginé de ti.”

Regina. “Hay tantas cosas que no sabes de mí… demasiadas y ahora por favor, vete.”

Bruno. “¿Quieres que te lleve a donde vives?” – dijo sorprendido.

Regina. “No, me iré sola y nunca más vuelvas a aparecerte así. Hasta luego, Bruno. Por cierto, si que eres bueno en “eso”.”


Regina se alejó corriendo con su bolso en mano. Estaba enojada, anonadada. Realmente creía que era tonta pues había caído en el juego de seducción que planteó Bruno. Se sentía triste, confundida.